Javier Fernández de Angulo

Tiempo de lectura: 18 minutos

28 septiembre, 2019

 

“Todas las mujeres lo amaban y todos los hombres querían ser como él”. Esta frase, de su sobrina, Diane von Fürstenberg, resume a la perfección la envergadura del personaje. Para algunos, un brillante empresario que dio luz renovada a la firma Fiat y su imperio; para otros, un canalla, pero para todos un hombre de una elegancia impecable en cada gesto. Aunque nunca ejerció la abogacía, cumplía sus propias leyes y era conocido como L’avvocato —“el abogado”, en italiano—, heredero del imperio de Fiat, en 1966, por su abuelo Giovanni.

Gianni Agnelli en una fiesta en 1948

La empresa representaba, ella sola, más del 4% del PIB de toda Italia, controlaba el 25% de la bolsa nacional y sacó a su país de la posguerra. También le llamaron The Rake of the Riviera (de ahí tomo su nombre la famosa revista masculina The Rake), porque Gianni es un icono que perdura en el tiempo. Su elegancia no era clásica, estaba siempre en la vanguardia de la moda, le gustaba tener piezas únicas y mezclaba prendas que nadie se hubiera atrevido. En ese aspecto, tiene un buen heredero en su nieto, el empresario Lapo Elkann.

Agnelli con Jackie Kennedy durante su visita a Capri

Gianni es un claro ejemplo de que, para romper las reglas, debes dominarlas. Y sobre estilo lo sabía todo. Fue innovador en usar el reloj por encima del puño de la camisa, incluso le hicieron camisas para que el puño se abriera y asomara el reloj; dejaba más larga la parte trasera de la corbata y mostraba gustos peculiares. Mezclaba botas de montar con trajes de grandes sastres, con frecuencia presentaba la corbata aflojada y torcida, quitando rigidez a la etiqueta. Sus detalles eran sutiles pero crearon un estilo imitado durante décadas. Su apuesta no era la extravagancia, sino la personalidad.

A su admirable estilo unió sus lecciones de lifestyle, pues fue una de las grandes estrellas de la jet set de los años 60, un universo de magníficas casas, grandes yates, jardines espléndidos y estas compartidas con su esposa, la condesa Marella Caracciolo. No obstante, su fama de Playboy de Rivera le persiguió toda su vida y se le atribuye alguna relación con la estrella de La Dolce Vita de Fellini, Anita Ekberg, y la socialité Pamela Harriman, nuera de Churchill.

Mostrando su distintiva manera de usar el reloj sobre la camisa

Su buen gusto en la moda, en las mujeres y por las cosas bellas no tenía límite, por eso también atesoró una buena colección de arte donde no faltaban las obras de Monet. Amaba también los coches de carreras, sobre todo Ferrari. Como homenaje, la escudería puso su nombre a un modelo, el F2002 GA. Este bon vivant, en toda la extensión de la palabra, cuidaba los detalles: su saco de doble botonadura disponía de una gran colección de alta sastrería a medida. Muchos de sus trajes todavía cuelgan del clóset de Lapo Elkann, digno heredero de su estilo y quizás uno de los hombres con más personalidad y elegancia del universo de moda.

Paseaba su vanidad por diferentes paisajes. Dicen que en su finca de Turín tenía dos helicópteros preparados, uno para ir a las montañas a esquiar —deporte que disfrutaba mucho— o para ir a la costa Mediterránea, para mantener su característico bronceado y, sobre todo, disfrutar de uno de sus mayores placeres, navegar. No era hombre ostentoso: no le interesaba poseer el barco más grande. Su yate Agneta era una obra preciosa de 80 pies, con un suelo de teca, camarotes, una hamaca y una novia, eso es lo único que necesitaba.

Marella y Gianni Agnelli durante una caminata

Aunque amaba la moda y la vestimenta, también le gustaba desnudarse en el mar, y con frecuencia le bastaba vestirse en el barco con una toalla o nadar desnudo, y gozar de una gran sensación de libertad. Por eso amaba la vela. Dicen que sus modales eran de otro siglo, pero sin duda su elegancia es y será siempre contemporánea y deseada. Si hubiera que definir su carácter, podríamos decir que era un gran seductor, inteligente, con humor y transgresor con modales excepcionales.

Pronto en su vida tuvo que asumir responsabilidades. Con la muerte temprana de su padre en un accidente de avión, su figura paterna fue su abuelo, quien le cedió el imperio Fiat, con el que reinó durante 40 años en el mundo financiero italiano. De él decía que “representaba autoridad y poder absolutos. Era un hombre poderoso en su ciudad, un hombre poderoso en Italia. Era un hombre muy simple y por naturaleza muy influyente. Y entonces, para mí, él representaba el poder absoluto”.

La empresa, en manos de Gianni, tuvo una gran expansión por Europa y América Latina; compraron medios de comunicación, como el Corriere della Sera, y un equipo de futbol que está en el corazón de la familia, la Juventus de Turín, que también presidió. Amaba a las mujeres, los coches, los barcos, la ropa elegante y los deportes con pasión, obsesionado con la estética. Valentino dijo de L’avvocato: “Todo el mundo quiso imitarlo”. El documental de HBO hace un repaso del personaje, del hombre y del industrial, 15 años después de su muerte. El abogado de Italia vivió con pasión la década de los 60, y también los años de plomo del terrorismo de las Brigadas Rojas, que aunque amenazaran su vida no le impidieron ir con coraje a trabajar manejando su coche, y arriesgar su vida.

Luca di Montezemolo director de Ferrari de 1991 a 2014 y Agnelli

Agnelli, dirigido por Nick Hooker, cuenta con la participación de cerca de 40 familiares, amigos, enemigos, amantes y admiradores: todo un documento que rescata imágenes inéditas que perfilan la imagen de este icono del estilo. Los últimos años de su vida fueron tristes tras la trágica muerte de su único hijo varón, Edoardo, quien al parecer se quitó la vida. En enero de 2003, Gianni Agnelli falleció de cáncer de próstata. Pero en la memoria quedan sus gestos, su amor por la vida, sus lecciones y su estilo poderoso. Hoy, todavía, mantiene el trono del hombre más elegante del mundo.

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28 septiembre, 2019

 

Si sólo hubiera dos sillas para sentar a los mejores fotógrafos del s. XX, sin duda una de ellas sería  para Irving Penn. El gran genio de la imagen que revolucionó la fotografía, lo mismo retrataba una colilla que un cuadro, unos labios rotos de color que a los grandes intelectuales de la época como Truman  Capote, Marcel  Duchamp  o Picasso. Con la misma fuerza y el mismo talento trataba la mirada de un sabio que un objeto sin vida. Sus imágenes cambiaron la historia de Vogue y otras revistas de moda. Siempre rozó el límite de la fotografía con ironía y exceso, ya fueran modelos de muchos kilos o labios con herramientas.

Se celebran los cien años del nacimiento del artista con una exposición antológica en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que reivindica su figura bajo el título de Centennial. Decía Ivan Shaw, director de fotografía para Vogue, que Penn todo lo hacía bien: el retrato, la moda, los objetos. Pocos fotógrafos son capaces de moverse con tanta facilidad en las alturas. Su blanco y negro no te dejaba indiferente, pero sus imágenes de lifestyle estaban llenas de vida. Sus trabajos publicitarios para firmas como L’Oréal y su tratamiento de la imagen  rompió para siempre la barrera entre lo comercial y la artesanía. Como él decía, retratar un pastel también puede ser arte.

Hijo de emigrantes rusos, la pintura siempre fue su sueño, pero con sus instantáneas creó obras tan inmortales como las que aparecen en los lienzos. Por eso, ahora el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York le rinde un merecido tributo y celebra el centenario del nacimiento del artista. Sus trabajos meticulosos hacían pensar a los críticos que se pasó media vida detrás de la cámara y la otra mitad en el laboratorio o pensando en composiciones.

Cualquier fotógrafo de estudio hoy tiene en Irving Penn la mayor referencia, pues hasta la colilla de un cigarro tras un disparo se convertía en una obra única. Sus primeras imágenes en revistas de moda fueron retratos impecables de alta costura, con una elegancia sorprendente y una luz que cambió la mirada de las publicaciones de estilo. Su capacidad para pasar de los ojos de un pintor a una naturaleza muerta es admirable. La exposición Irving Penn: Centennial repasa como nunca antes todas las disciplinas que dominó el artista, con 70 años de carrera en imágenes de gran impacto en soportes y técnicas como la fotografía, el grabado o la pintura.

La muestra recorre sus diferentes caminos: carteles para la calle, incluyendo ejemplos de trabajos tempranos en Nueva York, el sur de Estados Unidos y México; moda y estilo para varios títulos internaciaonales y con muchas fotografías clásicas de Lisa Fonssagrives-Penn, la ex bailarina que se convirtió en la primera supermodelo, así como en esposa del artista; retratos de indígenas en Cuzco, Perú; pequeños cuadros de trabajadores urbanos; rostros de personajes de la cultura muy queridos, que van desde Truman Capote, Joe Louis, Picasso y Colette a Alvin Ailey, Ingmar Bergman y Joan Didion; retratos de los ciudadanos de Dahomey (Benin), Nueva Guinea y Marruecos vestidos de manera fabulosa; los últimos muertos de Morandi; desnudos voluptuosos; y gloriosos estudios de color sobre las flores.

La belleza en su concepción original. Además, se aprecia cómo el artista va transmitiendo las tendencias culturales de la época, y también su capacidad para hacer retratos comerciales. Su cuerpo de trabajo también muestra el auge de la fotografía en los años 70 y 80, época en que las revistas de moda tienen su esplendor. Pero el mundo sofisticado en el que vive Irving contrasta con sus fondos sencillos. Un rincón, una esquina le servían como gran escenario. De hecho, su lienzo preferido estaba hecho de una vieja cortina de teatro encontrada en París, que había sido pintada suavemente con unas nubes grises y difusas. Este telón de fondo siguió a Penn de estudio en estudio.

Otros puntos destacados de esta magna exposición incluyen imágenes recién desenterradas del fotógrafo desde su tienda de campaña en Marruecos, algo inédito que descubre al artista lejos del glamur, como por ejemplo lo que realizó en México o en Cuzco, con retratos sobrecogedores.

Así, las formas, los rostros, las sombras, las miradas y la rebeldía hacen inmortal la obra de Irving Penn. Impactos provocativos, como desnudos voluptuosos o detalles sutiles, cuando en su foto de moda retrata a la modelo descalza, cansada ya de tanta sesión fotográfica. Elegancia y rotundidad, provocación y belleza, dos registros que sólo un genio como él puede llevar a la máxima expresión.

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