Laura Durango

Tiempo de lectura: 19 minutos

20 septiembre, 2019

 

Una empresa de batalla y amor: así es la historia de la corbata, prenda que ha transitado por senderos tan románticos como belicosos. Surgió en Croacia en el siglo XVII durante la Guerra de los Treinta Años, cuando, a la hora de partir, las mujeres anudaban al cuello de los soldados de la caballería ligera un pañuelo rojo símbolo de amor y fidelidad. Algo así como el actual anillo de compromiso. 

Durante la devastadora contienda (1618-1648), su uso se extendió por Europa, ya que la Guardia Real francesa, que reclutaba a los famosos jinetes croatas bajo la Corte de Luis XIII, quedó entusiasmada por las bandas rojas que lucían en sus uniformes: de lino los soldados y de algodón fino o seda los oficiales. En 1667, Luis XIV se declaró admirador personal del lazo al cuello, que consideraba ligero, pintoresco y elegante, casi una novedad épica, propiciando la adhesión al mismo y el declive paulatino de los rígidos cuellos altos de la época.


La Enciclopedia Británica registra la aparición de la corbata en 1656 y explica su etimología como un derivado del sustantivo étnico croata al francés cravate, para extenderse después a nivel mundial. Con la restauración de la monarquía inglesa, en 1660, a su regreso del exilio, Carlos II, —amante de las artes y conocido como el rey alegre, no sólo por sus catorce hijos bastardos—, introdujo en el país el nuevo accesorio de moda, la cravate, que empezó a utilizarse con tal gusto que podría creer- se un asunto muy de orden británico. Fue Georges Brummell, el primer dandi oficial del mundo —por supuesto inglés—, quien ideó el traje moderno de caballero con anudado al cuello, impulsando la moda de la corbata como signo de distinción.

Nudo Windsor

Entre las numerosas particularidades anglosajonas en este asunto sobresale el célebre nudo Windsor, doble o sencillo, que es por mucho el más utilizado del orbe. Recibe su denominación del efímero monarca que lo puso de moda, Eduardo VIII, duque de Windsor, tan famoso como la lazada con su marca dinástica, sobre todo porque en 1936 abdicó al trono para desposarse con la divorciada Wallis Simpson, lo que provocó una monumental crisis de Estado, que en el fondo no fue sino otra guerra amorosa.

Nudo Windsor

Así pues, el pañuelo croata anudado al cuello conquistó primero París, luego Inglaterra y después Europa; de ahí pasó a Estados Unidos y luego al mundo. Continúa siendo, eso sí, una cuestión primaria del Viejo Continente, como queda reflejado en el protocolo diplomático de la Unión Europea y en la etiqueta obligatoria de recintos artísticos insignes, como La Scala de Milán. Si Europa marca el paso, Reino Unido prevalece en sus batallas apasionadas: en el verano de 2017, el Parlamento Británico suprimió, tras acalorados debates, la obligatoriedad de la corbata, magna afrenta para los defensores de la tradición indumentaria.

Nudo tradicional

De nuevo, la pasión y el conflicto jugaron sus cartas en torno a esta pequeña pieza de tela, cuyo precedente más antiguo se remonta a ciertos prototipos de la antigua China, así como a la focale romana que los legionarios de la Columna Trajana utilizaban en el siglo II para abrigar, secar el sudor y limpiarse la nariz. Después, no hubo rastro en quince siglos, quizá porque en la Edad Media los trajes carecían de cuello.

Las clases altas

Durante los siglos XVII y XVIII, el pañuelo anudado croata se transformó en largas tiras de muselina, seda y encaje que hicieron la locura de las clases altas; se ataban por delante con las puntas sueltas arregladas en multitud de estilos. En Francia, Brummell hizo de la corbata una leyenda y, tras la Revolución Francesa, de nuevo el aroma bélico: la prenda adquirió valor político y se usaba negra para los revolucionarios y blanca entre sus oponentes. Más tarde, en 1827, salió a la luz el primer manual sobre el asunto, El arte de anudar la corbata, que contó con la colaboración humorística de Balzac, quien detallaba mediante dibujos su variedad de usos.


La corbata se volvió alargada a finales del siglo XIX, cuando Inglaterra implantó la forma rígida que simplificaba y democratizaba el atuendo. Las almidonadas se sujetaban con alfiler de perla y dieron lugar al nudo Ascot, exigencia del buen vestir. El color apareció en el siglo XX, momento en que ya era utilizada por todas las clases sociales. Poco a poco, ha formulado sus propias tendencias de moda hasta el estándar actual, que proclama un largo entre 140 y 150 centímetros, anchos de ocho a diez y, ¡atención!, que la punta sobrepase ligeramente la cinturilla del pantalón.

¡Oh cuello mío!

Amén de las vicisitudes histórico-bélico- amorosas, en cuestiones estilísticas la corbata ocupa un podio de honor. El actor Clark Gable opinaba que “la corbata, la pipa y el abrigo definen la elegancia masculina”. Alberto Moravia defendía que es “el único accesorio que refleja con claridad la personalidad del hombre moderno”. Para Umberto Eco, su elección articula un trasfondo psicológico: “Verticalidad, material, color, 85 tipos de nudos”; mientras que el escritor italiano Luca Goldoni cree que, si Freud se hubiera fijado en las corbatas, sus pacientes no habrían tenido que contarle sus sueños.

A tenor de estas mentes analíticas, podría decirse que la corbata es una suerte de construcción anímica o poema íntimo con los versos característicos de uno mismo: ligeros o ceremoniosos, alegres o serios, sofisticados o casuales, clásicos o atrevidos, apagados o brillantes Si la sotana hace al monje, la corbata define al hombre. “Por el cuello le conocerás”, anunció el historiador inglés Norman Davies para recordar la importancia de las naciones pequeñas europeas que, como Croacia, “nos tienen amarrados por el cuello”.

Y de vuelta al lugar de origen, la corbata se ha convertido en emblema de identidad de Croacia tras su in- dependencia, en 1991. Su rescate del olvido ha guiado otra empresa de batalla. Con el respaldo público y privado, los empresarios Marijan Bušić y Zlatko Penavić fundaron el Grupo Potomac, matriz de la firma Croata, un oasis de belleza tranquila en el agitado mercado del lujo. Por su parte, la Academia Cravatia promociona la prenda a nivel internacional con apoyos del Estado.

Esta firma, Croata, ha aprovechado la potente tradición de seda de la región para lanzar al mercado colecciones limitadas, artesanales y exitosas entre la élite empresarial y política. Obama, el emperador Akihito, José Manuel Durão Barroso, la familia Trump, Pierre Cardin, Ted Turner y numerosas celebridades figuran entre sus clientes.

La directora artística de la firma, Mihaela Grnovic Novakovic, elogia los motivos estampados en sus sedas, que reproducen los tesoros culturales del país, a saber: los entrelazados geométricos grabados en monumentos, los perros dálmata, el alfabeto glagolítico, los faros y mares, los hilos de oro, ciertos bordados regionales y hasta huellas digitales, pues resulta que el primer sistema de clasificación de las mismas fue inventado por el antropólogo croata Juan Vucetich Kovacevich.  Así pues, desde el balcón adriático, el Estado croata mueve las piezas de esta nueva y apasionante pugna amorosa: recuperar el prestigio de la corbata a través de los valores de caballerosidad, civilidad y futuro, que forjan la identidad europea.

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20 septiembre, 2019

 

Si sólo hubiera dos sillas para sentar a los mejores fotógrafos del s. XX, sin duda una de ellas sería  para Irving Penn. El gran genio de la imagen que revolucionó la fotografía, lo mismo retrataba una colilla que un cuadro, unos labios rotos de color que a los grandes intelectuales de la época como Truman  Capote, Marcel  Duchamp  o Picasso. Con la misma fuerza y el mismo talento trataba la mirada de un sabio que un objeto sin vida. Sus imágenes cambiaron la historia de Vogue y otras revistas de moda. Siempre rozó el límite de la fotografía con ironía y exceso, ya fueran modelos de muchos kilos o labios con herramientas.

Se celebran los cien años del nacimiento del artista con una exposición antológica en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que reivindica su figura bajo el título de Centennial. Decía Ivan Shaw, director de fotografía para Vogue, que Penn todo lo hacía bien: el retrato, la moda, los objetos. Pocos fotógrafos son capaces de moverse con tanta facilidad en las alturas. Su blanco y negro no te dejaba indiferente, pero sus imágenes de lifestyle estaban llenas de vida. Sus trabajos publicitarios para firmas como L’Oréal y su tratamiento de la imagen  rompió para siempre la barrera entre lo comercial y la artesanía. Como él decía, retratar un pastel también puede ser arte.

Hijo de emigrantes rusos, la pintura siempre fue su sueño, pero con sus instantáneas creó obras tan inmortales como las que aparecen en los lienzos. Por eso, ahora el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York le rinde un merecido tributo y celebra el centenario del nacimiento del artista. Sus trabajos meticulosos hacían pensar a los críticos que se pasó media vida detrás de la cámara y la otra mitad en el laboratorio o pensando en composiciones.

Cualquier fotógrafo de estudio hoy tiene en Irving Penn la mayor referencia, pues hasta la colilla de un cigarro tras un disparo se convertía en una obra única. Sus primeras imágenes en revistas de moda fueron retratos impecables de alta costura, con una elegancia sorprendente y una luz que cambió la mirada de las publicaciones de estilo. Su capacidad para pasar de los ojos de un pintor a una naturaleza muerta es admirable. La exposición Irving Penn: Centennial repasa como nunca antes todas las disciplinas que dominó el artista, con 70 años de carrera en imágenes de gran impacto en soportes y técnicas como la fotografía, el grabado o la pintura.

La muestra recorre sus diferentes caminos: carteles para la calle, incluyendo ejemplos de trabajos tempranos en Nueva York, el sur de Estados Unidos y México; moda y estilo para varios títulos internaciaonales y con muchas fotografías clásicas de Lisa Fonssagrives-Penn, la ex bailarina que se convirtió en la primera supermodelo, así como en esposa del artista; retratos de indígenas en Cuzco, Perú; pequeños cuadros de trabajadores urbanos; rostros de personajes de la cultura muy queridos, que van desde Truman Capote, Joe Louis, Picasso y Colette a Alvin Ailey, Ingmar Bergman y Joan Didion; retratos de los ciudadanos de Dahomey (Benin), Nueva Guinea y Marruecos vestidos de manera fabulosa; los últimos muertos de Morandi; desnudos voluptuosos; y gloriosos estudios de color sobre las flores.

La belleza en su concepción original. Además, se aprecia cómo el artista va transmitiendo las tendencias culturales de la época, y también su capacidad para hacer retratos comerciales. Su cuerpo de trabajo también muestra el auge de la fotografía en los años 70 y 80, época en que las revistas de moda tienen su esplendor. Pero el mundo sofisticado en el que vive Irving contrasta con sus fondos sencillos. Un rincón, una esquina le servían como gran escenario. De hecho, su lienzo preferido estaba hecho de una vieja cortina de teatro encontrada en París, que había sido pintada suavemente con unas nubes grises y difusas. Este telón de fondo siguió a Penn de estudio en estudio.

Otros puntos destacados de esta magna exposición incluyen imágenes recién desenterradas del fotógrafo desde su tienda de campaña en Marruecos, algo inédito que descubre al artista lejos del glamur, como por ejemplo lo que realizó en México o en Cuzco, con retratos sobrecogedores.

Así, las formas, los rostros, las sombras, las miradas y la rebeldía hacen inmortal la obra de Irving Penn. Impactos provocativos, como desnudos voluptuosos o detalles sutiles, cuando en su foto de moda retrata a la modelo descalza, cansada ya de tanta sesión fotográfica. Elegancia y rotundidad, provocación y belleza, dos registros que sólo un genio como él puede llevar a la máxima expresión.

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