J. A. Vela del Campo

Tiempo de lectura: 7 minutos

13 abril, 2019

Forman un cóctel muy particular entre seres humanos y diosas. Cantan, claro, y además maravillosamente, aunque cantar bien es una condición necesaria pero no suficiente para ser una diva de ópera. Ejercen un magnetismo irresistible y proyectan hacia la sociedad una imagen alimentada por aires de leyenda. Del latín “divus”; del griego “theos”, como “deus”. La etimología resalta el factor divino. El Diccionario Harvard de la Música sitúa a la diva en el mismo plano que a la “prima donna”: la cantante más destacada de una ópera o de una compañía lírica, pero con el añadido de un tipo de carácter “arrogante y con un temperamento altivo”.

Los caprichos, los agitación de las cámaras fotográficas o de televisión a su alrededor, el desdoblamiento entre la vida social y la actuación en escena, la capacidad de transmitir emociones que lleven hasta la locura, forman parte de la que está alrededor de las divas. Para algunos incluso es algo así como la sal y pimienta de esta historia. Pero nosotros vamos a poner en primer lugar la cosa del canto. Del canto que sacude las entrañas, desde luego. Las divas encajan en un sistema de valores del pasado reciente. Con la hegemonía del cine y, especialmente, de la televisión, el perfil de las primeras figuras del canto ha cambiado a pasos agigantados.

Las divas de hoy son, digámoslo así, residuales y no poseen las personalidades inconfundibles de las de antaño. Imponen su presencia a través de la voz de una manera menos determinante. Pueden incluso cantar mejor, pero no es eso de lo que se trata. Las divas de hoy miran de reojo su aspecto físico, se cuidan de otra manera, porque saben que cantar en un teatro es solamente la punta del iceberg.

La cultura de la imagen impone sus condicionantes. El concepto de la credibilidad de los personajes que ponen en pie se sobrepone a otro tipo de valores considerados, desde una perspectiva actual, antiguos cuando no pasados de moda. Aunque las modas, ya se sabe, cambian cuando uno menos se lo espera.

El mito las envuelve, las protege, las arropa. Y desde el mito dominan el paso del tiempo, se convierten en Historia. Desde el mito y desde la emoción. Sus equivalentes masculinos pueden deslumbrar por la técnica –los tenores, por ejemplo, con sus registros irreales o, al menos, lejanos a la mayoría de los mortales– pero a ellas no les queda otro recurso que la transmisión de emociones. Con la voz, únicamente con la voz. Con la palabra elevada por el milagro del canto. Luego está cada una con su estilo, con su sensibilidad, con su manera de hacer y de decir. Aquí al lado están algunas de las más grandes. No son las únicas, ni mucho menos, pero son, sin lugar a dudas, un trozo imprescindible de la historia de la lírica.

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