ENRICO DAL BUONO / FOTOGRAFÍAS: SLIM AARONS / GETTY IMAGES

Tiempo de lectura: 10 minutos

20 junio, 2024

 

Muchos fotoperiodistas de guerra explican que su habilidad radica, más que en la capacidad de tomar una buena foto, en la capacidad de encontrarse en contextos a los cuales la mayoría de la gente no puede acceder. Lo que significa tener valor, por supuesto, pero también intuición y relaciones. Visto así, la distancia que separa los inicios profesionales de Slim Aarons, confinado a los horrores de la guerra, y su carrera posterior inmersa en los esplendores del Occidente, ya no parece tan inmensa.

Para retratar a los ricos y famosos en su hábitat natural, tienes que meterte en ese hábitat. El galerista londinense Michael Hoppen, citado en la introducción de Shawn WaldronenellibroSlimAarons:TheEssentialCollectionbySlimAarons (publicado por Abrams), cuenta la historia épica del fotógrafo con texto e imágenes, dijo: “Slim solía decir que tenía acceso a Camelot […], entendió instintivamente que un toque ligero y una sonrisa amable podían abrir puertas que de otra forma habrían permanecido cerradas”. Y Maria Cooper Janis, hija de Gary Cooper, amigo de Slim, escribe en el prefacio del mismo libro: “Donde había elegancia, riqueza, celebridad y opulencia, todos los protagonistas permitían que Slim los retratara, porque sabían que él no les jugaría ninguna mala pasada”.

Sin embargo, paradójicamente, fotografiar el bienestar en su esplendor es aún más complicado que fotografiar la guerra. Si el sufrimiento es, por desgracia, una condición generalizada y más o menos perpetua de la humanidad, la felicidad se muestra por un momento y desaparece de inmediato, es impalpable, tan difícil de inmortalizar como el aire. Es más fácil grabar un grito que un susurro, más fácil hacer que la guerra sea interesante que una tregua. Los cuentos de hadas, cuando llegan a “y todos vivieron felices para siempre”, se detienen. Precisamente porque la historia de la felicidad corre el peligro de ser tan tristemente aburrida como todo lo que está desprovisto de movimiento interior, neutralizado. Las obras de Aarons escapan a este riesgo, conservando el dinamismo propio de todo gesto artístico. Mirándolas, es como si uno percibiera que esta paz no es más que un sueño suspendido sobre el abismo.

En definitiva, no es de extrañar que el fotógrafo que fue capaz de contar mejor que nadie la buena vida de un siglo tan trágico como el XX, un fotógrafo que entre otras cosas ayudó a definir la estética de este mismo periódico, debutara como fotógrafo de guerra, documentando el enfrentamiento entre nazi-fascistas y aliados entre las ruinas de las ciudades europeas y los desiertos norteafricanos. “Sentí que merecía una vida más simple y lujosa como compensación por los años que dormí en el barro mientras me bombardeaban y me disparaban”, dijo Aarons después de la experiencia.

Fue una vivencia tan profunda que se convirtió en otra persona: fue solo después de la Segunda Guerra Mundial, de hecho, que el hasta entonces George Allen Aarons se convirtió en Slim Aarons. Después de todo, incluso el mar parece poco profundo, pero bajo su superficie se abre un abismo. Esto se confirma, de nuevo en el prefacio de Maria Cooper Janis al libro sobre Slim Aarons: “Siempre tuve la impresión de que las hermosas imágenes que capturaba, capaces de contar una historia con tanta claridad, también sugerían otra historia más personal debajo de la superficie”. Y así, algunas de las frases del fotógrafo ya no suenan tan superficiales. Después de participar en el conflicto más devastador de la historia, se prometió a sí mismo: “No voy a fotografiar más playas que no tengan una rubia”.

Vivir una vida feliz, al abrigo del dolor, saber apreciar los placeres correctos de la manera correcta, es muy difícil. “Precisamente porque el placer es nuestro bien más importante e innato, no buscamos cualquier placer”, escribió Epicuro. Desde la época de su filosofía práctica, perfeccionar la vida, transformarla en una obra de arte, ha requerido siempre perseverancia y esfuerzo. Pocos entrenan con la disciplina necesaria para llegar a apreciar la belleza del momento, inevitablemente condenado a la fugacidad.

Sin embargo, los sujetos de las fotos de Aarons parecen campeones del epicureísmo. A los que le preguntaban por qué parecían tan felices, les respondía: “Porque les gusto”. Lo cierto es que era su mirada la que transfiguraba el mundo, era su mirada la que exigía la felicidad. Porque era Aarons quien había estado entrenando para apreciar el momento. Era su propia lente la que persuadía a la luz para que inundara las albercas y los castillos, las flores y las palmeras, los brocados, los muebles y los cuerpos de los ri- cos de Hollywood y de Park Avenue, de los Alpes suizos y de Mónaco, de Marbella y de Capri. Era su mirada la que acariciaba aquellos rostros satisfechos y catárticos, la que creaba felicidad donde, probablemente, a menudo no había ni una sombra de ella. Décadas más tarde, Slim todavía hablaba con gran reverencia sobre sus primeros trabajos en Hollywood y recordaba las lecciones que había aprendido en esos días. Por ejemplo, Clarence Sinclair Bull, fotógrafo jefe de MGM, le explicó al joven Slim: “El glamour es esencial, hay que mantener la ilusión”.

La fotografía detiene el tiempo. En el caso de las fotos de Aarons, congela un momento perfecto que quizás, en esa perfección, nunca existió. Y, sin embargo, fuera de allí, el tiempo sigue fluyendo, inagotable, y los cuerpos siguen corrompiéndose. Como leemos de nuevo en el libro: “Slim ha documentado una burbuja de civilización, un mundo cada vez más caótico [….] El almuerzo informal junto a la alberca improvisado rápidamente por la amiga de Slim, Nelda Linsk, se ha convertido en un símbolo del estilo y del lujo de mediados de siglo. La alberca recuerda al mar, imita el color del mar, la sustancia del mar. Sin embargo, es un mar manso. Su motilidad se mantiene, pero está domesticada. De la misma manera como, en las fotos de Slim, se doma la furia del tiempo. Su talento era retratar el ojo de la tormenta”.

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