Javier Fernández de Angulo

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Tiempo de lectura: 18 minutos

6 octubre, 2019

 

En plena conferencia de arquitectura en Milán, los celulares se pusieron a vibrar. La noticia corrió como la pólvora. Los mensajes decían que se había derrumbado el techo de su tienda de Louis Vuitton en Artz del Pedregal. Pero supo mantener la calma y las causas fueron completamente ajenas a su gestión como arquitecto. Ya sabe que es una profesión de alto riesgo. Asistimos a la flamante apertura de la tienda en Artz. Hablamos de Gustavo Carmona.

El gran arquitecto del glamour crea espacios únicos para Bvlgari, Loewe, Louis Vuitton, Dior y Burberry.
El secreto de su éxito quizá está en hacer de la entrada de una tienda “una experiencia que nos permite volver a observar, oler, admirar. Nos aleja de la pantalla cotidiana para ser más humanos. El lujo de contemplar un universo, el de la marca”.

Ha convertido su despacho en una sala de estar y conversar, aunque prefiere trabajar integrado con su equipo, en contacto con todos. Hoy, en Materia hay equipos que laboran de forma celular en hoteles y restaurantes, producto de un crecimiento muy orgánico. “Me interesa generar una arquitectura con una estructura organizativa capaz de evolucionar”, subraya.

Ahora proyecta hoteles, restaurantes, espacios de arte y museos. “Hace cuatro años, el 65% de nuestro trabajo era retail y residencial; en la actualidad, sólo el 30% es el retail. Nos habíamos acostumbrado a ciertos estándares. Hacer [trabajos de] hospitalidad de lujo, museos y oficinas, eso nos hizo crecer y cambiar. Trabajamos de forma celular y aprendimos de los distintos proyectos. El retail nos ayudó para crear hoteles, hospitalidad de lujo, porque son dos mundos enfocados en la experiencia. El lujo hoy no es un objeto, sino una experiencia. El momento, la capacidad de abandono de la vida cotidiana, el respiro, el silencio, el aislamiento… ése es el verdadero lujo”, sentencia.

“En los 90 nos dijeron que tuviéramos más tiempo para nosotros porque las computadoras lo iban a resolver todo, pero no ha sucedido. ¿Puedes trabajar más? Pues haz el triple. Nos hemos engañado. La búsqueda del lujo es separarnos y volver a vivir la calma, la observación, la espera”, que es lo que se vive cuando uno entra en cualquiera de sus boutiques, como la última abierta en Artz, de Louis Vuitton. Es todo un espectáculo por fuera y por dentro, con presencia de arte, diseño y una gran fachada que evoca la presencia de la marca con su logo.

Confiesa que “la arquitectura de las tiendas ha sido un descubrimiento muy grande. Nunca imaginé que me iba a dedicar a proyectos de retail. Como arquitectos nos enseñan que todo lo que tiene que ver con lo comercial no es tan valiosos arquitectónicamente, y siempre me ha interesado la idea de permanencia. Creemos que vamos a vivir en la obra que dejamos, pero el retail es tan cambiante… Es entonces cuando la idea de permanencia toma otro foco”.

Recuerda: “Desde que empecé, siempre he buscado la idea del detalle de intencionalidad, de hacerlo siempre con una intención, una razón, y me salieron proyectos de firmas de moda. De ahí compartimos la pasión por la excelencia, por el detalle. Burberry necesitaba ojos para que la tienda tuviera la calidad de su ropa, y les propuse una integración de proyecto con la marca y nuestro ADN. Eso nos a abrió el camino y nos nombraron para todas las tiendas de América Latina. Incluso llegamos a Brasil”.

Después lo buscó Louis Vuitton: “Encontramos que, más allá de la tienda, es la unión de estas marcas como amor al detalle, como legitimación de su identidad, y eso me animó mucho. Al principio no nos daban mucho margen para crear, pero un buen día nos atrevimos a proponer y cada vez me dieron más responsabilidad. Así, el lenguaje de sus fachadas, de Santiago a México, pasando por Panamá o Colombia, nos ha llevado a definir un lenguaje de la marca. Además, nos abrió las puertas con Fendi, Bvlgari y Loewe. También [hicimos] pop up stores. En total, hicimos 14 tiendas para Louis Vuitton, más de 60 para Burberry, el primer Prada de México, Pantera, Silver Deer, trasladamos a proyectos departamentales de lujo… Con un estímulo de todos los otros sentidos, el de la imaginación, de la anticipación y la experiencia—añade—. Los arquitectos que saben hacer buenas tiendas y buenos restaurantes son los primeros en entender la idea de experiencia. Eso me dijo el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa. Es cierto, me abrió los ojos”.

 

La experiencia asociada a lo que se consume es un todo que forma parte de la identidad de las marcas que venden estilo de vida. Las tiendas son al producto un templo a la fe. “Un restaurante es uno de los proyectos más retadores”, señala rotundo.

Está a punto de inaugurar dos tiendas de Dior en México, para dama y caballero, y un hotel en Baja California. Además, ha hecho un restaurante de nombre Tatemar en Mérida, inspirado en las brasas; más recientemente, se encuentra renovando, también en Mérida, la Quinta Montes Molina, para hacerlo espacio cultural, cafetería y museo.

Considera que los arquitectos son más artesanos que artistas, y concluye: “Compartimos con las marcas ese amor por el oficio de la manufactura, porque ponen, como Louis Vuitton, rigor en todo lo que hacen”.

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6 octubre, 2019

 

Si sólo hubiera dos sillas para sentar a los mejores fotógrafos del s. XX, sin duda una de ellas sería  para Irving Penn. El gran genio de la imagen que revolucionó la fotografía, lo mismo retrataba una colilla que un cuadro, unos labios rotos de color que a los grandes intelectuales de la época como Truman  Capote, Marcel  Duchamp  o Picasso. Con la misma fuerza y el mismo talento trataba la mirada de un sabio que un objeto sin vida. Sus imágenes cambiaron la historia de Vogue y otras revistas de moda. Siempre rozó el límite de la fotografía con ironía y exceso, ya fueran modelos de muchos kilos o labios con herramientas.

Se celebran los cien años del nacimiento del artista con una exposición antológica en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que reivindica su figura bajo el título de Centennial. Decía Ivan Shaw, director de fotografía para Vogue, que Penn todo lo hacía bien: el retrato, la moda, los objetos. Pocos fotógrafos son capaces de moverse con tanta facilidad en las alturas. Su blanco y negro no te dejaba indiferente, pero sus imágenes de lifestyle estaban llenas de vida. Sus trabajos publicitarios para firmas como L’Oréal y su tratamiento de la imagen  rompió para siempre la barrera entre lo comercial y la artesanía. Como él decía, retratar un pastel también puede ser arte.

Hijo de emigrantes rusos, la pintura siempre fue su sueño, pero con sus instantáneas creó obras tan inmortales como las que aparecen en los lienzos. Por eso, ahora el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York le rinde un merecido tributo y celebra el centenario del nacimiento del artista. Sus trabajos meticulosos hacían pensar a los críticos que se pasó media vida detrás de la cámara y la otra mitad en el laboratorio o pensando en composiciones.

Cualquier fotógrafo de estudio hoy tiene en Irving Penn la mayor referencia, pues hasta la colilla de un cigarro tras un disparo se convertía en una obra única. Sus primeras imágenes en revistas de moda fueron retratos impecables de alta costura, con una elegancia sorprendente y una luz que cambió la mirada de las publicaciones de estilo. Su capacidad para pasar de los ojos de un pintor a una naturaleza muerta es admirable. La exposición Irving Penn: Centennial repasa como nunca antes todas las disciplinas que dominó el artista, con 70 años de carrera en imágenes de gran impacto en soportes y técnicas como la fotografía, el grabado o la pintura.

La muestra recorre sus diferentes caminos: carteles para la calle, incluyendo ejemplos de trabajos tempranos en Nueva York, el sur de Estados Unidos y México; moda y estilo para varios títulos internaciaonales y con muchas fotografías clásicas de Lisa Fonssagrives-Penn, la ex bailarina que se convirtió en la primera supermodelo, así como en esposa del artista; retratos de indígenas en Cuzco, Perú; pequeños cuadros de trabajadores urbanos; rostros de personajes de la cultura muy queridos, que van desde Truman Capote, Joe Louis, Picasso y Colette a Alvin Ailey, Ingmar Bergman y Joan Didion; retratos de los ciudadanos de Dahomey (Benin), Nueva Guinea y Marruecos vestidos de manera fabulosa; los últimos muertos de Morandi; desnudos voluptuosos; y gloriosos estudios de color sobre las flores.

La belleza en su concepción original. Además, se aprecia cómo el artista va transmitiendo las tendencias culturales de la época, y también su capacidad para hacer retratos comerciales. Su cuerpo de trabajo también muestra el auge de la fotografía en los años 70 y 80, época en que las revistas de moda tienen su esplendor. Pero el mundo sofisticado en el que vive Irving contrasta con sus fondos sencillos. Un rincón, una esquina le servían como gran escenario. De hecho, su lienzo preferido estaba hecho de una vieja cortina de teatro encontrada en París, que había sido pintada suavemente con unas nubes grises y difusas. Este telón de fondo siguió a Penn de estudio en estudio.

Otros puntos destacados de esta magna exposición incluyen imágenes recién desenterradas del fotógrafo desde su tienda de campaña en Marruecos, algo inédito que descubre al artista lejos del glamur, como por ejemplo lo que realizó en México o en Cuzco, con retratos sobrecogedores.

Así, las formas, los rostros, las sombras, las miradas y la rebeldía hacen inmortal la obra de Irving Penn. Impactos provocativos, como desnudos voluptuosos o detalles sutiles, cuando en su foto de moda retrata a la modelo descalza, cansada ya de tanta sesión fotográfica. Elegancia y rotundidad, provocación y belleza, dos registros que sólo un genio como él puede llevar a la máxima expresión.

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