Juan Carlos Gutiérrez

Tiempo de lectura: 17 minutos

9 junio, 2020

 

Muhammad Ali, uno de los mayores deportistas del siglo XX y el mejor boxeador de la historia, murió el viernes en un hospital en Phoenix (Arizona) a los 74 años tras ser ingresado esta semana. El boxeador llevaba 32 años batallando contra la enfermedad de Parkinson, un desorden del sistema nervioso que afecta al movimiento.

 

 
 
 
 
 
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Today marks the fourth anniversary of Muhammad’s passing. The pain of losing him is still as fresh now and it was then. Knowing and feeling that pain makes me understand on a visceral level the pain that is being felt by the families of Breonna Taylor, George Floyd and Ahmaud Arbery and the many others whose loved ones died at the hands of those who are charged to “serve and protect” the citizens of their respective communities. I was fortunate in that my husband was able to lead a full life. His life was not cut short by a bullet or brute force. For those left to mourn the lives of those who were, I know their pain is amplified and hearts heavy with tears of despair and anguish: all of which begs the question, “Why?” The “Why?” could be the start of many inquires that demand answers for “the pandemic of racism” (a term used by Kentucky born George Clooney in a recent essay) that has plagued this country long before its inception. Something people of color have endured for 400 years and something many Americans have chosen to ignore or deny. Like it or not racism and injustice are alive and well and continues to be a cancer in our society and a clear and present danger to the promise of America for every American. The ugliness of its inhumanity has been laid bare on video tape for all of America and the world to see and not to deny. Too many are frustrated, exhausted and have been pushed to their breaking point. After all, we have not fully emerged from three months of wrath and devastation from a global pandemic, one that brought death and havoc to every community, especially the Black and Latino communities. As I’ve watched events unfold in real time over the past week, people have reached out to me with the same basic message, “If ever there were a time we needed Muhammad’s voice to be heard, it’s now”. Their search and plea for someone to bring calm and leadership to this crisis is palpable, as is the anguish. Over the past few days, I’ve given much thought to what Muhammad would say and do at this very moment. I’ll never pretend to be as wise as he was in these situations but I know some things to be certain. [Continued in comments; Photos by Neil Leifer]

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Un portavoz de la familia explicó que Ali murió a las 21.10, hora local, por un choque séptico provocado por causas naturales no especificadas. El funeral será el viernes 10 de junio en su ciudad natal, Louisville (Kentucky). En la ceremonia está previsto que hablen el expresidente Bill Clinton, el actor Billy Cristal y el periodista Bryant Gumbel.

Fue tres veces campeón mundial de los pesos pesados y oro olímpico a los 18 años. Se marcha un icono del deporte y de la sociedad, su influencia impactaba fuera del cuadrilátero. Se convirtió al Islam, rechazó la guerra de Vietnam y se le comparó con figuras como la de Martin Luther King. 

“Muhammad Ali fue El Más Grande. Y punto”, dijo el ex presidente de EEUU Barack Obama en un comunicado. Obama guarda unos guantes del boxeador en su estudio privado, junto al despacho oval de la Casa Blanca. “Muhammad Ali sacudió el mundo. Y gracias a esto el mundo es mejor. Todos somos mejores”.

A principios de los ochenta se retiró y poco después los médicos le diagnosticaron el Parkinson. Viajó en misiones humanitarias a Líbano, a Cuba, a Afganistán, a Sudáfrica. George W. Bush le condecoró.

 

 
 
 
 
 
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“The Fight of the Century” #MuhammadAli vs #JoeFrazier, the start of the trilogy. 🥊 ⁣ ⁣📸 #KenRegan #TheFightOfTheCentury #RopeADope #TheGreatest

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Ali, nacido con el nombre de Cassius Clay en 1942, fue un deportista locuaz que siempre exhibía su ego sin modestia: “¡Soy el más grande! Soy el rey del mundo”. Ali, como Obama, fue una figura esencialmente americana: un icono negro en un país todavía enfermo de racismo, un hombre que creó su identidad, un hombre libre.

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Juan Carlos Gutiérrez

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9 junio, 2020

 

Si sólo hubiera dos sillas para sentar a los mejores fotógrafos del s. XX, sin duda una de ellas sería  para Irving Penn. El gran genio de la imagen que revolucionó la fotografía, lo mismo retrataba una colilla que un cuadro, unos labios rotos de color que a los grandes intelectuales de la época como Truman  Capote, Marcel  Duchamp  o Picasso. Con la misma fuerza y el mismo talento trataba la mirada de un sabio que un objeto sin vida. Sus imágenes cambiaron la historia de Vogue y otras revistas de moda. Siempre rozó el límite de la fotografía con ironía y exceso, ya fueran modelos de muchos kilos o labios con herramientas.

Se celebran los cien años del nacimiento del artista con una exposición antológica en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York que reivindica su figura bajo el título de Centennial. Decía Ivan Shaw, director de fotografía para Vogue, que Penn todo lo hacía bien: el retrato, la moda, los objetos. Pocos fotógrafos son capaces de moverse con tanta facilidad en las alturas. Su blanco y negro no te dejaba indiferente, pero sus imágenes de lifestyle estaban llenas de vida. Sus trabajos publicitarios para firmas como L’Oréal y su tratamiento de la imagen  rompió para siempre la barrera entre lo comercial y la artesanía. Como él decía, retratar un pastel también puede ser arte.

Hijo de emigrantes rusos, la pintura siempre fue su sueño, pero con sus instantáneas creó obras tan inmortales como las que aparecen en los lienzos. Por eso, ahora el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York le rinde un merecido tributo y celebra el centenario del nacimiento del artista. Sus trabajos meticulosos hacían pensar a los críticos que se pasó media vida detrás de la cámara y la otra mitad en el laboratorio o pensando en composiciones.

Cualquier fotógrafo de estudio hoy tiene en Irving Penn la mayor referencia, pues hasta la colilla de un cigarro tras un disparo se convertía en una obra única. Sus primeras imágenes en revistas de moda fueron retratos impecables de alta costura, con una elegancia sorprendente y una luz que cambió la mirada de las publicaciones de estilo. Su capacidad para pasar de los ojos de un pintor a una naturaleza muerta es admirable. La exposición Irving Penn: Centennial repasa como nunca antes todas las disciplinas que dominó el artista, con 70 años de carrera en imágenes de gran impacto en soportes y técnicas como la fotografía, el grabado o la pintura.

La muestra recorre sus diferentes caminos: carteles para la calle, incluyendo ejemplos de trabajos tempranos en Nueva York, el sur de Estados Unidos y México; moda y estilo para varios títulos internaciaonales y con muchas fotografías clásicas de Lisa Fonssagrives-Penn, la ex bailarina que se convirtió en la primera supermodelo, así como en esposa del artista; retratos de indígenas en Cuzco, Perú; pequeños cuadros de trabajadores urbanos; rostros de personajes de la cultura muy queridos, que van desde Truman Capote, Joe Louis, Picasso y Colette a Alvin Ailey, Ingmar Bergman y Joan Didion; retratos de los ciudadanos de Dahomey (Benin), Nueva Guinea y Marruecos vestidos de manera fabulosa; los últimos muertos de Morandi; desnudos voluptuosos; y gloriosos estudios de color sobre las flores.

La belleza en su concepción original. Además, se aprecia cómo el artista va transmitiendo las tendencias culturales de la época, y también su capacidad para hacer retratos comerciales. Su cuerpo de trabajo también muestra el auge de la fotografía en los años 70 y 80, época en que las revistas de moda tienen su esplendor. Pero el mundo sofisticado en el que vive Irving contrasta con sus fondos sencillos. Un rincón, una esquina le servían como gran escenario. De hecho, su lienzo preferido estaba hecho de una vieja cortina de teatro encontrada en París, que había sido pintada suavemente con unas nubes grises y difusas. Este telón de fondo siguió a Penn de estudio en estudio.

Otros puntos destacados de esta magna exposición incluyen imágenes recién desenterradas del fotógrafo desde su tienda de campaña en Marruecos, algo inédito que descubre al artista lejos del glamur, como por ejemplo lo que realizó en México o en Cuzco, con retratos sobrecogedores.

Así, las formas, los rostros, las sombras, las miradas y la rebeldía hacen inmortal la obra de Irving Penn. Impactos provocativos, como desnudos voluptuosos o detalles sutiles, cuando en su foto de moda retrata a la modelo descalza, cansada ya de tanta sesión fotográfica. Elegancia y rotundidad, provocación y belleza, dos registros que sólo un genio como él puede llevar a la máxima expresión.

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